21 de enero de 2013

¿Cuánto puede afectar una sonrisa la estabilidad de una persona adulta?

¿Podrá ser?
¿Puede uno hallar en el brillo de unos ojos
(bellos por cierto, muy bellos)
respuestas a las dudas que venía formulándose?
¿Es posible acaso que la comisura de unos labios
(deliciosos, me imagino, muy deliciosos)
oculte las respuestas a tantos interrogantes?
¿Cuánto puede afectar una sonrisa 
la estabilidad de una persona adulta?

Caminé haciéndome todas estas preguntas, fueron unos escasos metros los que nos separaban.
Sabía muy bien que eras vos, pero no podía ser tan evidente. Fingí buscarte de manera despreocupada...
Fueron volátiles y, por suerte, disimulados, los escalofríos que me abrazaron cuando entre las cabezas anónimas encontré tus ojos, tus labios, tu sonrisa.
Y acercándonos, cual niño frente a una vidriera de juguetes, intentaba disimular los latidos (¿qué, vos no los escuchabas?) y la sonrisa.
Esa sonrisa que evidencia que lo que ves te gusta demasiado. Maldita sea esa sonrisa que linda con la risa de felicidad y por muy muy poco no son lo mismo. Maldita sea porque me deja en evidencia, me expone.
Y por si faltaba algo, nos saludamos y me estremeciste con tus acordes al hablar.
Claro... ni rodillas, ni sonrisa, ni gestos, ni mirada pude ya controlar.
Inocente cual insecto caminé por la telaraña y caí en tu red.

Pasó el momento, si, la cola avanzó, debíamos continuar... pero esos segundos fueron ¿horas?, ¿días?, ¿que fueron?.
Fueron un regalo... no importa ni cuántos ni cómo. Fueron mi regalo.
Gracias, me hiciste sonreír, me hiciste soñar.

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Es de hace tiempo, pero lo vuelvo a publicar porque me gusta ;) 

Naufragio

Despertó sofocado por el calor de verano, confundido, sin terminar de entender dónde se encontraba, o cómo fue que había terminado allí. Levanto lentamente la cabeza, sintiendo como el ardor le recorría la espina, el cuello, la espalda toda; causado seguramente por tantas horas de exposición al sol, en el agua y la arena que recién notaba se había colado entre sus dientes. Le ardía la vista, e incluso mirar más allá de sus propios brazos tendidos sobre la playa le resultaba un esfuerzo casi irrealizable.
¿Dónde estaba? ¿Cómo llegó allí? ¿Cuánto tiempo estuvo dormido... o inconsciente? Su mente se llenó de preguntas que no podía siquiera empezar a responder, y cuando quiso hablar -al vacío, porque a simple vista estaba solo- sintió que también su garganta le dolía. Seca. Áspera. Como si hiciera días que no ingería gota alguna de agua.
Tenía que saciar su sed. Sabía que si no se hidrataba, iba a durar muy poco en las condiciones en que estaba. Estuvo a punto de beber del agua que bañaba sus piernas, pero se detuvo. Agua salada. Podía sentir la sal en sus dientes, en sus labios, en su tensa piel. No sólo era arena lo que lo cubría, ni la quemazón lo que hacía que cada centímetro de su desnuda piel le doliera. También la sal. No podía beber ese agua. Necesitaba beber agua segura. Y comer. El hambre estaba volviéndolo loco. Desesperaba.
Pero antes, el agua, eso le ayudaría.
Intentó arrastrarse, sintiendo como la debilidad le ganaba. Tratar de mover sus piernas fue un esfuerzo inmenso, que no tuvo resultado alguno.
Inmóvil. Ardiendo. Bañado en agua salada y arena. Hambre, y sed. Una sed que sentía nunca podría saciar.
Intentó recordar cómo llegó allí, a ese lugar, a ese estado. Intentó, entre sollozos ahogados, pensar dónde se encontraba. Nada. Sólo sed, hambre, ardor, dolor. Desesperación.
¿Moriría?. Tenía que levantarse. Necesitaba salvar su vida. cerró sus ojos intentando concentrar sus fuerzas en sus brazos. Si lograba levantar el torso, y la cabeza con el podría ver más allá de la espuma que subía y bajaba ante sus ojos con la marea.
Fue imposible.
Descansar. Ahora que estaba consciente trataría de descansar, su cuerpo, y su mente.
Volvió a abrir sus ojos y lo rodeaba la espesa negrura de la noche y el infinito firmamento que brillaba como nunca en su vida lo había visto. La noche. Cálida. Pero la ausencia de los rayos del sol sobre su piel le hacían sentir frío.
¿Era la noche? ¿O era esa sensación de que estaba perdiéndolo todo, de que su último suspiro se acercaba?  Trató de controlar su respiración, oír sus propios latidos, pero el golpeto del agua sobre sus extremidades no lo dejaban discernir. ¿Su corazón aún latía? ¿O estaba muerto, y éste era uno de los infiernos dantescos? ¿O uno de sus cielos? Recordó, o creía recordar, que los cielos eran tan sofocantes como los infiernos. ¿O no fue él quien los describió de ese modo?

De pronto, como una ráfaga que lo envolvía todo, una alarma lo sobresaltó.
Cerró el libro, levantó la mirada y quitándose los anteojos dejó el banco de esa plaza para retomar su rutina. La hora del almuerzo llegó a su fin.

10 de octubre de 2012

enough

Han pasado segundos, minutos, horas
días, meses, incluso años,
han pasado lágrimas y sonrisas,
hasta en sueños he olvidado
y aún así, estás ahí, a flor de piel

No pretendo permanecer
retenerte o volver atrás,
no pretendo estancarme, mucho menos detenerme
pero aún sigues anudando mis emociones.

pero parece que el mundo no es lo suficientemente grande
y no podemos evitarnos.
Y parece que las esquinas son escasas,
y los cafés pocos...
por más que  lo intentemos, nos seguimos encontrando.

quisiera arrancarte,
olvidar ese gesto
en la comisura de tu boca al sonreír
y lo que me provoca.

Es irónico. Es inesperado. Es insensato.
Doy pasos hacia adelante
pero me es inevitable detenerme
paralizado cuando te tengo en frente.

Cartas a Nadie V

Hola, ¿cómo estas?. ¿Pudiste dormir?.
La verdad te escribo porque sé que mi llamada de anoche te asustó y quería disculparme con vos. Lo siento por eso... pero necesitaba desahogarme. Te aseguro que tu miedo fue diminuto en comparación con la sensación de desesperación que me estaba agobiando, y creo que si no hubiera hablado con vos, todavía estaría temblando. 
Nunca pensé que me pasaría algo así. Bueno, no, evidentemente, nunca pensamos que cosas como esa puedan ocurrirnos a nosotros. Al contrario, parece como si nos sintiéramos inmunes e intocables.
Descubrí lo que es de verdad el pánico. Fue algo que no pude controlar, sentía que me desbordaba, que me ahogaba, me arrodillé ante un temor que me invadía y me obligaba a arrastrarme hacia la pena. Pánico y miedo infundados, por supuesto.
Eso que te conté no es una tragedia, es sólo algo más.
No es más que un escollo más de los tantos que cualquier persona tiene que sortear a lo largo de su vida.
Digo, después de todo, quien la tiene fácil, no?
Viste que a veces nos quejamos por todo, nos vemos al espejo y sentimos que no podríamos estar peor... Bueno, así estaba ayer. Por eso te llamé. Porque sé que cuento con vos, en las buenas y en las malas. Que bueno tenerte, por cierto. Que bueno saber y sentir que en vos puedo confiar tanto o más que en mi mismo. En casos como éste, cuando el pánico obraba por mí, vos pudiste bajarme a tierra, tranquilizarme, ayudarme a ver en el reflejo del espejo toda la habitación y no sólo la ventana por la que quería arrojarme.
Yo sé que a simple vista no lo parece, pero de verdad que no es para tanto, al menos ya no lo es. Lo más raro es que de algún modo es algo que está pero no está. Y crece y convive con mis ilusiones y mis temores. Y permanece, y evoluciona conmigo.
Se trata, una vez más, de aprender a ser. Con todo. Con lo bueno y lo malo, hay que aprender.
No intento parecer ni maduro ni valiente; pero ayer tuve miedo, y ese miedo ya no está.
Está la angustia, en parte, batallándose por aflorar contra el optimismo. Pero nunca la vida fue de blancos o negros, siempre los grises estuvieron, y estarán.
Eso si, ese abrazo, lo sigo necesitando. Más que nunca creo.

20 de marzo de 2012

Hoy no me voy a levantar.

Parece que lo que se veía sólido no lo es tanto.
Pasan los días y el viento, la lluvia, el sol van haciendo su trabajo. Lento, silencioso; pero constante.
El tiempo pasa y en su pasar corroe.
Va desgastando las fortalezas pese a que éstas se mantengan erguidas y parezcan fuertes. Sus cimientos ceden. De golpe, de a poco, pero van cediendo.
Los miedos que parecían lejanos te empiezan a abrazar, te van sofocando a medida que crecen y te invaden. Y los únicos tonos son los grises, y los únicos sonidos son las penas, y los únicos motivos son los ausentes.
Y ahí es cuando. Y ahí es dónde.
Justo al atravesar ese umbral, entre lo planeado y lo real, es que comienza a pesarte cada amanecer. No estamos listos para saber que la realidad es mas directa, cruel y desconsiderada de lo que siquiera pudimos llegar a imaginar. No estamos listos para no mirar ni atrás ni adelante. No estamos dispuestos a resignar nuestros sueños, aunque casi no los podamos recordar; mucho menos visualizar.
No estamos preparados... pero te golpea igual. Te arrasa, te sacude, te hace vulnerable.
La vida insiste en ser jodida.
La vida insiste en ser una mierda cuando tiene ganas.
Y uno insiste en darle batalla. A veces. Otras veces se cansa.
Hoy solo tengo ganas de llorar, y de bajar los brazos, y de olvidar que me guste o no, ella va a ganar.
Hoy no me voy a levantar. Estoy cansado de tratar.
Hoy, una sonrisa no me cura, un abrazo no me consuela, un beso no me calma.
Hoy no puedo.
Hoy no me voy a levantar. Y duele. Duele quedarse sin ganas de tratar.
Verse a uno mismo desarmándose y no tener fuerzas. Duele mirar y no poder ayudar. Mirarse y no poder ayudarse.
Hoy no me voy a levantar.